¡AY LOS AÑOS…!

 

Melitón Bruque García

          Con el tiempo vas convenciéndote de algo que creías que nunca podía ocurrir, o al menos a ti no te pasaría, como es perder la pasión de la juventud que tendía a hacerlo todo eterno, absoluto, irrevocable… pero a medida que fueron pasando los años, te vas dando cuenta que de la misma manera que a la piel le aparecen arrugas, a aquella realidad radiante, llena de luz, de fuerza y de esperanza, empezaron también a aparecerle arrugas  y con ellas, unas sombras que, sabes perfectamente cómo han ido apareciendo, a pesar de que parecía que todo estaba lleno de luz y de claridad… pero  sin saber cómo, se fue cambiando todo y lo que parecía esplendoroso, se convierte en una tormenta y ves que cada vez se va oscureciendo  más, y esas arrugas o sombras, son intereses de todo tipo que aparecen y te dejan sorprendido, pues parecía que eso no existiera o que todo estaba superado y muy claro, pero de repente te das cuenta que nada puede darse por supuesto, que nada hay superado y, menos aún claro…

         Y te da una sensación de haber perdido la vida, porque ya no hay vuelta atrás, para hacer las cosas de otra manera, para desandar lo andado, pensando que los pasos que dabas eran aceptados y no hacían daño…

         Y resultó ser todo mentira y cogiste una dirección equivocada y te dejaron que llegaras hasta el final, donde sabían que no había salida. Y ya no hay vuelta atrás, ni posibilidad de desandar lo andado, e intentas poner freno, detenerte y cambiar el rumbo, pero ya se hace imposible, hay muchas cosas en medio, muchas cosas que se levantaron y no se pueden  derribar, ya no queda otra solución que agachar la cabeza y asumir lo hecho. E intentas buscar un sentido que te ayude a conformarte con lo que has conseguido y a convencerte que no vale la pena tirar la toalla y que, a pesar de todo, hay muchas cosas lindas que merecieron el esfuerzo.

         La otra postura es la que toma otra gente: tirarlo todo por la borda y quedarse a la deriva, dando por perdido todo lo que se hizo y vivió, intentando empezar de cero, pero eso es una alucinación, un engaño, un cerrar los ojos a la realidad que te golpea, pues no estás en “cero”, sino que estás en un edificio en escombros que se te cayó y en donde quedaron enterrados y destruidos tus sueños, tus esperanzas, tu esfuerzo, tu vida, tus fuerzas, tu juventud, tus años… Ya nada es lo mismo, ni siquiera tu salud; ahora un dolor de rodilla te produce una crisis de soledad; una noche de desvelo te lleva al médico, pues al día siguiente no eres persona y te atiborran de medicinas y pasas un mes para recuperarte.

         No, nada es igual, a pesar de que los ánimos estén altos, pero las fuerzas ya no responden.

         La vida sigue su ritmo y el sol sale cada mañana, pero yo ya no soy el mismo, a mí me cuesta cada vez más levantarme cada mañana, coger el ritmo y, lo que antes consideraba una piedra en el camino, ahora se me antoja una montaña llena de dificultades.

         ¡Ay los años! Parecía que ese tema era un asunto que no iba conmigo. ¡Qué equivocación más grande!

         Pero lo más irrisorio es que sigo pensando que no va conmigo, pues me miro al espejo y no me veo como mis compañeros, pero ellos, cuando también se miran al espejo, piensan lo mismo, y me ven como yo los veo a ellos.

         Y eso que ocurre en el cuerpo con el paso de los años, va ocurriendo a todos los niveles, hasta en lo más simple y anodino: aquella moda de los pelos largos que a mi padre lo ponía nervioso y al hermano Aurelio le impedía mirarme a la cara, porque solo me miraba la cabeza; aquella moda  “a lo Beatles” y que yo acepté por el simple  gusto de fastidiar a mi padre y a un cura que me hizo sufrir mucho… esa actitud  y esa moda, ahora no las soporto.

         Antes me gustaba que me miraran, ahora me fastidia tanto como tener que estar preocupado del pelo.

         Me encantaban los coches y soñaba con participar en el “Paris-Dakar”… y con los años te vas dando cuenta de lo superfluo y lo estúpido que es todo eso; Ahora no soporto estar en el escenario, no me atrae absolutamente el protagonismo, prefiero el silencio, pasar desapercibido, gozo con lo bien hecho, no me gustan los lujos, me siento feliz con mi coche Toyota que me regaló mi hermana Matilde… aunque todos me digan que soy un roñica porque el coche tiene ya 24 años y nunca estrene uno. En este coche he vivido un cuarto de mi vida y yo no lo quiero para exhibirme, sino para moverme y eso lo hace maravillosamente.

         Y en cuanto a la ropa que tanto me gustaba, ahora lo único que me importa es estar cómodo con aquello que me siento a gusto y no me importa en absoluto que esté trasnochado.

         Siento y vivo, no pendiente de mí, sino en no ser una carga para nadie y me siento feliz siendo solución de problemas y no parte de ellos; cada vez siento menos necesidad de cosas que me aten y las pocas que siento necesarias, cada vez me interesan menos. Lo único que me atrae es vivir sin complicarle la vida a nadie.

         Me dicen que soy un ruin porque no me voy a pasar las vacaciones a un hotel, a un crucero o a un balneario de lujo, pero yo no hago más que preguntarme: ¿a cuento de qué el afán de la gente por organizarle la vida a los demás y queriendo imponerles lo que según ellos debería ser pasarse la vida de forma agradable y tranquila.

         A mí no me apetece viajar, ya he viajado mucho; me siento feliz encontrándome con mis cosas, con mis recuerdos, en mi casa, haciendo mi comida, comiéndome un tomate a bocados, como cuando era niño y tenía que hacerlo a hurtadillas para que no me viera mi abuelo; me gusta que me resbale el zumo de la sandía por los codos sin que nadie me reproche o me juzgue, o se sienta molesto y me diga cómo tengo que hacer las cosas.

         Sí, efectivamente, comprendo que soy un ser raro, un bohemio; desde mi infancia, fui así, un pequeño salvaje, y en mi adolescencia y juventud me educaron en régimen militar obligándome a hacer las cosas según unas reglas establecidas. Ahora, a mis años, ya estoy harto de ser “políticamente correcto”. Quiero ser yo; no quiero imponer nada a nadie, pero tampoco tolero que nadie me imponga sus esquemas. Amo la libertad interior y exterior.

         Pienso que la pobreza, como el celibato, como la castidad, la riqueza… no son conceptos físicos, sino teológicos, sí, porque son posturas que tomamos ante Dios, que es la única razón posible para asumir esos valores. Y porque es imposible llevarlos adelante si no está en medio la fuerza de Dios, que es el único que le da el sentido de trascendencia a todo.

         ¿Cómo puede llamarse físicamente pobre una persona con un nivel de formación universitaria, con capacidad para abrirse paso en la vida por donde desee hacerlo, con sus necesidades básicas cubiertas?          Es un engaño querer demostrar lo indemostrable. La POBREZA no está en el TENER, sino en el SER y POBRE es aquel que no se siente amarrado a nada de lo que tiene, ni le quita la libertad, sino que lo que tiene lo pone al servicio de los que no tienen posibilidad alguna y sus posibilidades le sirven de instrumento para construir la felicidad allí donde llega con los que le rodean y de esa manera él se siente feliz.

         Yo confieso que físicamente yo no soy pobre, pues tengo lo que necesito y me sobra; hoy he contado las camisas que tengo y me ha dado hasta vergüenza, claro que tengo varias que tienen ya más de 25 años y ya no me las puedo poner. Pero también confieso que ninguna camisa me ata ni me causa ningún problema, en cambio me siento completamente libre pudiendo aportar mi ayuda para que la gente que me rodea sea feliz.

         En esta misma onda enmarco el CELIBATO, pues lo considero una expresión de la pobreza: ni una camisa ni… los mismos sentimientos más nobles y naturales, como es el comprometerte con una mujer y vivir la vida con ella creando una familia te atan, pues al tener como objetivo supremo el reino de Dios, ante el que queda supeditado todo y por el que te lo juegas todo, no se trata de “dejar” o de “renunciar” a nada, ya que te juegas tu riqueza humana por algo que consideras superior; es el tema del tesoro que plantea Jesús: dejas todas las joyas que tienes por otra superior.

         Por eso no hablo de renuncia ya que se hace una opción por algo que es superior: el reino, hacia el que todo va dirigido y en función de él todo recupera su valor y su sentido.

         Pero lo que no tiene sentido es dejar lo más natural y sagrado como es el amor a una mujer y a una familia, para amarrarte a un coche, a una casa,  a un puesto de trabajo o a un sueldo…

         De la misma manera la CASTIDAD: pienso que es un absurdo y una estupidez hacer una reducción de algo sumamente grande y sagrado a la genitalidad, y no digo “sexualidad”, porque eso es un concepto totalizante de la persona: el sexo es la marca de la persona; la CASTIDAD en cambio es un valor que lo abarca todo e indica la LIMPIEZA de la persona en todas sus facetas físicas, psíquicas, sociales, espirituales, éticas, morales… La castidad, como el sexo, es un sello que marca a la persona en todos los ámbitos; por eso entiendo que es una aberración llamar “casta” (limpia) a una persona usurera, chismosa, malintencionada, explotadora… por el simple hecho de que no haya tenido relación sexual con nadie, cuando incluso es posible que no la haya tenido por desprecio a alguien, por egoísmo, porque le da asco, y hasta por miedo.

         Ser CASTO, como ser POBRE es uno de los títulos de grandeza más grandes que se le pueden aplicar a una persona, pues consiste en reconocerla LIBRE Y LIMPIA.